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Inhalar aire seco, frío o demasiado caliente, a veces polvoriento, por la boca provoca sequedad de garganta, secreción nasal y bronquial, y tos frecuente. Estos reflejos naturales nos permiten protegernos y mantener un intercambio gaseoso adecuado. Por otro lado, reacciones excesivas de este tipo pueden causar dificultad para respirar y aumentar el riesgo de infecciones respiratorias.

Cuando nos sentimos ansiosos o nos encontramos en una situación difícil, comenzamos a respirar rápidamente. Esta es una reacción natural al estrés: su propósito es nuestra supervivencia. Las situaciones estresantes que se repiten con frecuencia provocan una reacción similar: sequedad de la mucosa nasal, sensación de falta de aire y dificultad para respirar por la boca. Respirar por la boca aumenta significativamente la cantidad de aire inhalado. La función principal de la nariz (limpiar, humidificar o secar) se pierde, y el volumen de aire inhalado puede duplicarse, ¡y a veces incluso triplicarse! Esto crea un círculo vicioso, ya que respirar en exceso, al igual que comer en exceso, conlleva muchos problemas.

Respirar en exceso es perjudicial para la salud. La fatiga, los ronquidos, la apnea del sueño (hipoxia cerebral temporal), el asma (broncoespasmo), la rinorrea o la rinitis alérgica son solo algunos de los problemas derivados de la ingesta excesiva de aire. Respirar en exceso por la boca también puede provocar cambios en los procesos metabólicos y contribuir significativamente, por ejemplo, a la obesidad y a los trastornos hormonales. Igualmente importante es la pérdida de líquido al respirar por la boca: al roncar, perdemos hasta un litro de agua.

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