¡Basta! ¡Alto de inmediato!
Los jóvenes se dieron la vuelta.
“Ocúpese de sus asuntos, señora.”
Pero Linda no se inmutó.
Levantó su teléfono; le temblaban las manos, pero su mirada era decidida.
“Estoy grabando.
Un movimiento más y la policía llegará en dos minutos.”
Maldijeron en voz baja.
Uno de ellos pateó el suelo para salvar las apariencias.
Pero el equilibrio de la escena había cambiado.
Su poder se había desvanecido.
Huyeron.
Linda corrió hacia Morgan.
“Dios mío… ¿estás herido?”
Él respiraba con dificultad, con un brazo todavía aferrado a Buddy, como si temiera que se lo arrancaran.
“Por favor… no se lleve a mi perro… es todo lo que me queda…”
Linda le puso una mano suave en el hombro; un toque cálido y humano que no había sentido en mucho tiempo.
“No me lo llevo”, respondió en voz baja. “Voy a ayudarte”.
Llamó a una ambulancia.
En cuestión de minutos, destellos azules y rojos recorrieron el pavimento mojado. Los paramédicos subieron a Morgan a una camilla. Cuando intentaron apartar a Buddy, el perro entró en pánico: gimió, forcejeó, intentando alcanzar a su dueño.