

Las puertas se cerraron.
En el silencioso y blanco espacio de la ambulancia, Morgan se acurrucó de dolor, Buddy se apretó contra su cadera, y Linda, en el asiento delantero, aferraba un café frío; su corazón repentinamente se llenó de nuevo de pasión.
En el hospital, Morgan recibió tratamiento por una costilla rota y hematomas internos.
Buddy fue examinado por un veterinario cercano por shock y lesiones.
Linda esperó todo el tiempo.
Una hora.
Dos.
Finalmente, Morgan salió de la sala de tratamiento. Abrió los ojos con dificultad.
“¿Buddy…?”
Linda sonrió suavemente y señaló un rincón.
Buddy yacía envuelto en una pequeña manta, con las orejas caídas y la mirada fija en su humano.
Morgan rompió a llorar.
Buddy gimió en respuesta.
El pasillo del hospital se convirtió en un lugar sagrado.
Después de eso, Linda hizo algo inesperado:
invitó a Morgan y a Buddy a su casa.
No por lástima.
Sino porque reconoció a dos almas que simplemente necesitaban un lugar seguro para empezar de nuevo.
Pasó una semana.
Luego dos.
Morgan arregló lo que pudo: bisagras de puertas, herramientas de jardín, bombillas parpadeantes. Sus manos eran lentas, ásperas, pero aún así increíblemente delicadas.
Buddy lo seguía a todas partes, una pequeña sombra dorada con ojos que brillaban cada día más.