AMUSNAKAN GISHER

AMUSNAKAN GISHER

Diego tenía seis años. Su madre había fallecido cuando era un bebé, y con la mejor intención material, Eduardo lo había rodeado de comodidades: niñeras, casas en distintas ciudades según sus viajes, juguetes de marca. Pero la ausencia más profunda no se podía llenar con regalos. El niño le hacía preguntas sencillas y sinceras: ¿Por qué otros niños tenían a alguien esperándolos después de la escuela? ¿Por qué todo en su casa parecía ordenado, solemne, pero frío? Estas preguntas impactaban a Eduardo más que cualquier decisión de negocios.

Un domingo de septiembre, mientras la villa resplandecía bajo el sol, Eduardo decidió resolver el problema con la frialdad de un hombre que planea inversiones: a través de su agencia de confianza, seleccionó a cinco jóvenes, perfectas en apariencia y educación, que podían aspirar al título de “nueva señora Mendoza”. Modelos famosas, cada una más elegante que la anterior, con currículos impecables y rostros que atraían las cámaras. La idea le parecía absurda, pero lógica: dejar que Diego eligiera, con la inocencia de un niño, libre de prejuicios sociales, y que esa elección guiara el futuro de la familia. Organizó su vida amorosa como si fuera un proyecto inmobiliario más.

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