Recorrió su rostro con la yema del dedo.
—Viejo loco —murmuró, mientras una lágrima finalmente rodaba por su mejilla—. Me salvaste. No me dejaste una fortuna para gastar. Me dejaste el poder de decir «no».
Miró a su alrededor la habitación vacía. Era grande. Era solitaria. Pero era suya.
—Gracias por el mayor regalo —susurró a la fotografía—. No la casa. Sino la dignidad de poder estar en ella.
Se sentó en su sillón de cuero, se acurrucó bajo las mantas y, por primera vez en semanas, se durmió plácidamente, a salvo en la fortaleza que el amor de su esposo había construido.