GAREGIN

GAREGIN

 

Frente a un gran hospital privado, los flashes de las cámaras estallaban y los periodistas se agolpaban, ansiosos por capturar la imagen perfecta. Jessica Pram, única heredera de un magnate, acababa de salir de un coma de tres meses tras un terrible accidente de coche.

Su rostro seguía siendo inquietantemente delicado, pero sus ojos habían perdido toda la luminosidad. La silla de ruedas se había convertido a la vez en su trono y su prisión.

—¿Cómo está su hija, señor Andrew? —preguntó él con voz grave—.

—Los médicos lo han intentado todo… Tiene la columna vertebral dañada. Dicen que probablemente nunca volverá a caminar.

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