

Las cámaras se centraron en la frágil sonrisa de Jessica, una sonrisa que ocultaba un abismo. Antes bailaba, corría, reía. Ahora, mover un solo dedo del pie era un esfuerzo sobrehumano.
Al fondo de la multitud, un joven permanecía inmóvil, observando la escena. Agus. Sus ojos brillaban, aunque no sabía por qué. Algo lo llamaba.
Una voz suave, casi un susurro, resonó en lo profundo de su pecho. «Ven con ella, Agus. Tus manos pueden ser mis instrumentos».
Esa noche, guiado por una fuerza que no comprendía, partió. Ante él, la finca Pram se alzaba en silencio. Una extraña premonición se agitó en su corazón, como si su destino ya lo aguardara allí.
La imponente puerta parecía un portal real; incluso el hierro forjado parecía relucer con arrogancia. Agus sostenía un pequeño frasco de aceite dorado en la mano. Un guardia se acercó, arrugando la nariz.