
—Son una familia muy rica, hija mía. No te faltará de nada… si te portas bien. —Asentí. En sus ojos: ni ternura ni preocupación, solo cálculo.
El hombre elegido para mí se llamaba Anatole Beaumont, el hijo mayor de una prominente familia de Borgoña. Antaño un brillante empresario, un accidente lo había confinado a una silla de ruedas. Desde entonces, vivía recluido en la mansión familiar, lejos de los chismes. Su prometida lo había abandonado; los periódicos se habían cansado de relatar «la tragedia de los Beaumont».
Y yo, una muchacha sin nombre ni fortuna, me convertía en «la esposa del inválido».
El día de la boda transcurrió sin música ni risas, con el aroma de lirios marchitos. Llevaba un vestido viejo que ni siquiera era mío. Anatole permaneció en silencio, con la mirada fría, llena de una sombra que no pude descifrar.