MENAHAMERG

MENAHAMERG

Bajó la mirada a sus papeles, pero pude ver cómo se le tensaba la mandíbula.

—¿Algún familiar al que avisar? —preguntó.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Una chica… María Fernanda Méndez López.

La pluma se le cayó de la mano.

Intentó recomponerse, pero le temblaban los dedos.

—¿Cómo conoce ese nombre?

Respiré hondo.

Me incliné hacia adelante, con las manos aún atadas.

—¿Recuerdas el triciclo rojo? Te caíste en el parque y te cortaste la ceja. Te llevé al hospital. Y te compré un helado de fresa para animarte.

Sus labios se entreabrieron. Ese recuerdo, nadie más podía conocerlo. Era un vestigio de la infancia demasiado íntimo, demasiado enterrado.

—¿Cómo… cómo lo sabes?

—Porque yo estaba allí. Porque fui yo quien te lavó la sangre con mis manos.

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