Frunció el ceño, nerviosa. Su entrenamiento policial la mantenía serena y tranquila, pero por un instante, vislumbré un destello de duda en sus ojos.
—No intentes manipularme —dijo con brusquedad—. He visto a otros inventarse historias.
No insistí. Una sola palabra fuera de lugar me haría parecer un loco. Sin embargo, en el fondo, mi corazón gritaba:
**Es ella.**
Al subir al coche patrulla, vi su nombre en la matrícula: **López.** Un nombre arrancado de mí, sustituido… robado por el banquero que me había arrebatado a mi hija y, con ella, mi vida.
Treinta y un años buscándola. Treinta y un años recorriendo ciudades, contratando investigadores, escudriñando archivos, hospitales, cementerios. Treinta y un años cargando con el peso de mi propia culpa. Y ahora yo estaba allí, esposado a la parte trasera de su coche de empresa, mientras ella conducía, sin saber que estaba transportando en sus sueños al hombre que la había estado buscando.