Mis palabras no bastaban. Lo sabía.
Pedí una prueba de ADN. Al principio se negó… luego accedió.
Los días de espera fueron los más largos de mi vida. Reviví cada cumpleaños perdido, cada Navidad en soledad, cada noche hablando con una fotografía descolorida.
Finalmente, llegó el resultado: **99,9% de compatibilidad.**
Cuando Fernanda lo leyó, se le doblaron las piernas. Se desplomó en una silla y me miró con los ojos enrojecidos.
«Treinta y un años… ¿Dónde has estado?»
«Aquí. Buscándote. Siempre.»
Se cubrió el rostro, sollozando desconsoladamente. Me arrodillé ante ella, con las manos temblando.
«Perdóname por no haberte encontrado antes.»
Y por primera vez en treinta y un años, me llamó:
«Papá…»
Las semanas siguientes estuvieron llenas de confesiones y preguntas. Quería saberlo todo: por qué nunca me había vuelto a casar, por qué seguía montando en bici con el club, cómo había logrado mantenerme a flote. Le conté sobre mis caídas, mis cicatrices, mis batallas contra el alcohol.