
Finalmente alzó la vista. Su mirada, cansada pero firme, no tembló.
—Aquí cada uno tiene su lugar, agente.
La frase le cayó como un balde de agua fría. Greg, herido profundamente, agarró su taza y, con un gesto mezquino y brutal, la vació sobre la mesa. El café, aún hirviendo, salpicó las hojas, goteó sobre la madera y se derramó en el suelo.
Un murmullo ahogado recorrió la habitación.
Él se inclinó hacia ella.
—La próxima vez, quédese en su sitio.
La mujer no gritó. Ni se inmutó. Su voz, tranquila, simplemente dijo:
—Sé perfectamente cuál es mi lugar.