сирекан

сирекан

Tenía diecisiete años cuando me enamoré de ella: de su larga cabellera negra, de su sonrisa radiante, de su risa contagiosa. Antes incluso de que tuviéramos la oportunidad de afrontar la vida adulta juntos, su familia había concertado su matrimonio con un hombre rico, diez años mayor que ella. Ella se fue al sur. Yo al norte. Y, sencillamente, nos perdimos.

Durante cuarenta años, la guardé en un rincón de mi memoria, como una vieja fotografía que ya no me atrevía a tocar.

Hasta aquella noche.

Al principio, solo intercambiábamos cumplidos. Luego, los mensajes se convirtieron en llamadas, y las llamadas en cafés compartidos. Poco a poco, su casa se convirtió en un refugio familiar. Llegaba con las manos llenas: fruta, pasteles, vitaminas para sus dolores articulares. Ella se reía, diciéndome que la malcriaba demasiado.

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