
El dinero siempre escaseaba.
Cuando aparecía un sello rojo en la factura del gas, vendí mi televisor de plasma —dos veces— para evitar que me cortaran la luz.
Hice que un pollo asado me durara tres cenas. Cosí botones con hilo dental.
Por las noches, leía libros sobre resiliencia y llenaba las páginas de una libreta de espiral con notas y planes.
En la biblioteca, la fotocopiadora devoraba los documentos uno a uno mientras escribía mi ensayo de solicitud para el programa de oficiales.
Cuando pulsé «enviar», todavía me temblaban las manos.
La carta de aceptación llegó a finales de la primavera.
La apreté contra mí y lloré en silencio: la línea se había convertido en camino.
La formación me agotó y me reconstruyó a la vez.
Aprendí sobre orientación, curvas de nivel, a escuchar mi propio latido y a mantenerlo estable.
Aprendí a hacer la cama tan bien que parecía atravesar la noche.
El personal gritaba. Corregía mis errores y seguía adelante.