квота

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Esa noche, la mansión Whitmore resplandecía: candelabros dorados, copas de cristal, un cuarteto de cuerdas llenando los pasillos. La alta sociedad de Los Ángeles se congregaba allí: senadores, actores, directores ejecutivos. Todo exudaba opulencia.

Yo llevaba un sencillo vestido color crema, sin marca. Siempre había creído que la elegancia no se mide por el precio, sino por la gracia de un gesto.

Y por un instante, sentí que pertenecía a ese mundo. Clarissa incluso me saludó con una sonrisa.

—Te ves… elegante esta noche —dijo, con voz suave pero con la mirada escrutando cada detalle de mi atuendo.

Debería haberlo sabido. Su hija, Natalie, ya susurraba al otro lado de la habitación, con una sonrisa burlona en los labios.

De repente, Clarissa dejó escapar un grito, un grito tan teatral que parecía casi ensayado. Se llevó la mano al cuello.

¡Mi collar! ¡Mi collar de diamantes rosas! ¡Se ha ido!

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