Mi turno en el supermercado se había alargado dos horas de más, y el dolor en mis pies se había convertido en un latido sordo y persistente. Quince años, y ya con el cuerpo de un anciano.
Afuera, la lluvia no era una suave llovizna primaveral, sino una fría y punzante llovizna de noviembre, de esas que empapan la ropa en diez segundos. Lo único que quería era ir a casa, ver a mi abuela, tomarme un poco de sopa y quedarme dormido.
Tomé un atajo por el Parque Brookdale. Mala idea. Los senderos estaban inundados, el suelo sumergido en una mezcla caótica de agua gris y lodo negro.
Fue allí donde la vi.
Una niña menuda y pálida, de apenas diez años, sentada en una silla de ruedas de última generación, ahora completamente inmovilizada. Las dos ruedas delanteras se hundían en un profundo socavón de lodo. Intentaba girarlas, con las manos temblorosas, sin conseguir más que hundirse aún más.