No tendría más de diez años. Menuda, pálida, sentada en una silla de ruedas de última generación… completamente derrotada.
Las dos ruedas delanteras se habían hundido en un lodazal espeso y la máquina no respondía.
La niña intentaba desesperadamente accionar las palancas, con sus manitas temblando, pero cada esfuerzo solo la hundía más.
Tenía frío. Estaba empapada hasta los huesos.
A unos treinta metros, bajo un refugio de la lluvia, una mujer uniformada —su niñera, sin duda— hablaba por teléfono entre risitas, completamente seca.