

Sus labios agrietados se entreabrieron, dejando escapar un suspiro apenas audible. Pero al acercarse las sirenas, que anunciaban el fin de su turno, Tom notó algo que apretaba en su manita: una pulsera hecha a mano, cosida con retazos de tela, con una palabra bordada: *Mea*.
—¿Maya? ¿Ese es tu nombre? —preguntó Tom, acariciándole el pelo. Los ojos de la niña se abrieron un poco, tal vez un destello de reconocimiento, antes de volver a cerrarse.
—Por favor, quédate conmigo —suplicó Tom, con un pánico que no había sentido desde que empezó—. ¡Viene la ambulancia, quédate conmigo!
Cuando llegaron al Hospital Pinewood Memorial, las luces fluorescentes proyectaban sombras duras en la sala de espera. Tom, con su gorra de policía apretada con fuerza entre sus manos envejecidas, llevaba ya cuatro horas esperando, sin noticias.