

—Dios mío… —murmuró, arrodillándose junto a la niña. Tendría unos siete u ocho años, acurrucada de lado, frágil como una hoja caída en un mundo olvidado. Su ropa le quedaba holgada sobre su delgado cuerpo, su piel tan pálida como la luna. Pero lo que más impactó a Tom fueron sus ojos: grandes, marrones, profundos, y sin embargo, tan vigilantes a pesar de su estado. Lo miraron fijamente con una intensidad que le hizo temblar las manos mientras buscaba la radio.
—¡Unidad 14, solicitando asistencia médica inmediata! ¡Niña en estado crítico en 1623 Maple Lane! Repito, ¡niña en estado crítico! ¡Envíen una ambulancia!
Tom le puso suavemente la mano en la frente febril. —Todo va a estar bien, mi pequeña. La ayuda está en camino. —Su voz, una herramienta de mando y control durante décadas, se quebró con la emoción que había reprimido durante años. Ajustó su posición con cuidado, notando las marcas ásperas e irritadas alrededor de sus muñecas y la alarmante delgadez de sus brazos.