

El restaurante permaneció en silencio mientras ella los guiaba hacia la salida, aferrada a la mano de su hijo como si temiera volver a perderlo.
El trayecto hasta su apartamento con vistas al Sena transcurrió en silencio. Las luces de la ciudad se reflejaban en las ventanas, deslizándose sobre sus rostros como fantasmas del pasado.
El niño menor —se llamaba Noël— sujetaba con fuerza un sándwich que le había ofrecido el conductor, mordiéndolo con cautela, como si pudiera desvanecerse.
En el vasto salón de mármol, los dos niños parecían diminutos.
—Te quedarás aquí esta noche —dijo Victoria en voz baja—. Ahora estás a salvo.
Preparó la sopa con torpeza; hacía años que no cocinaba. Noël la observaba fascinado. Mathieu comía en silencio, con la mirada inquieta y las manos temblorosas.