

Esa misma tarde, tres coches negros se detuvieron frente a la mansión Miller. Hombres de traje oscuro descendieron, silenciosos e impasibles. En el centro del grupo caminaba Giovanni Russo. Mi padre.
El tiempo no había disminuido su autoridad; la había fortalecido. Su cabello plateado, sus penetrantes ojos azules, su bastón firme: encarnaba la leyenda cuyo nombre aún se susurraba.
Cuando me vio, su mirada se suavizó por un instante. Luego se dirigió a mis suegros:
«¿Quién de ustedes se atrevió a tocar a mi hija?».
Nadie respondió. El ambiente era tan denso que se olvidaba respirar. Sus hombres se apartaron, bloqueando las salidas. Finalmente, Daniel tartamudeó:
«Fue… fue solo un malentendido».