Pasaron las semanas. Mis heridas sanaron, lentamente. Las cicatrices, sin embargo, permanecieron: invisibles, pero profundas. Mis suegros se marcharon de la ciudad, huyendo de los rumores. Lucas y yo comenzamos terapia, intentando reconstruir lo que se había hecho añicos.
Mi padre regresó a Nápoles, dejando tras de sí un pesado silencio… y una promesa: nadie volvería a hacerme daño.
Durante meses, luché por conciliar el sueño. Cada vez que el viento azotaba las ventanas, podía oír ese palo golpeándome de nuevo. Pero poco a poco, encontré algo más: no venganza, no miedo, sino fortaleza.