евелина

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Mateo se arrodilló, se apartó un mechón de pelo de la cara y sonrió con tristeza.

—No te preocupes, cariño. A veces la gente no entiende, pero eso no significa que no tengamos derecho a estar aquí.

Antes de que pudiera terminar, una de las vendedoras lo interrumpió fríamente:

—Si no va a comprar nada, le pedimos que se retire. Está estorbando a los demás clientes.

Mateo respiró hondo, tragándose el orgullo.

—Solo un momento —murmuró.

Lupita lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Está bien, papá. Vámonos. No quiero que se enfaden contigo.

Esa última frase le dolió más que todas las burlas.

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