
Linda Brown se encontraba frente a las puertas de cristal del Hotel Royal Garden, con un pequeño bolso de mano entre los dedos. Vestía su mejor traje: un vestido color crema ligeramente descolorido que ella misma había remendado la noche anterior. Durante años, había trabajado como ama de llaves en casas ajenas, fregando suelos y preparando comidas que nunca podría permitirse. Pero hoy no se trataba de cansancio ni de trabajo duro. Hoy, su único hijo, Daniel, se casaba.
Daniel era su orgullo y alegría: un joven brillante y trabajador que, a pesar de su pobreza, había obtenido su título de ingeniero. Cada hora que había dedicado a limpiar casas ajenas había contribuido a pagar sus estudios. Y ahora, al verlo con su elegante traje, junto a su radiante prometida, Amelia Miller, Linda sintió que el mundo, por fin, recompensaba sus sacrificios.