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Unas risas resonaron desde el fondo de la tienda. Mateo se puso rojo como un tomate. Apretó la mano de su hija y fingió no oír.

Los murmullos se hicieron más insistentes:

«Esta gente no tiene nada que hacer aquí».

«Que el guardia lo vigile antes de que toque nada».

Lupita tiró de la manga de su padre, asustada. No entendía por qué todos lo miraban con desprecio. Pero él se mantuvo firme. No quería huir; quería enseñarle que los sueños no tienen precio.

Nadie podía imaginar que la humillación de ese momento se transformaría en una lección que jamás olvidarían.

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