арсен

арсен

Desde niño, conocía una regla inmutable de la taiga: todo ser vivo, desde el diminuto ratón de campo hasta el imponente alce, se aleja del estruendo y el rugido de un tren. El instinto de supervivencia, puro e innegable. Pero estas criaturas… no retrocedieron. Formaron una muralla viviente, y sus ojos ámbar, fríos e insondables, se clavaron en el parabrisas de la cabina. En su postura no había odio ni gruñidos feroces, solo una determinación inquebrantable, casi ritual. No estaban sobre las vías: las protegían.

El corazón de Artem, hasta entonces tranquilo y sereno, comenzó a latir con fuerza. Instintivamente corrió hacia la palanca del silbato, y el ensordecedor rugido de la locomotora rompió el silencio cristalino de la taiga. El sonido fue tan potente que copos de nieve cayeron de los abetos circundantes. Pero la muralla de pelaje y carne no se movió. Ni un solo músculo de sus rostros se movió. Continuaron observando. En silencio. Atentos.

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