Artem se había acostumbrado a que los raíles de acero se convirtieran en una extensión de sí mismo. Sentía cada vibración, cada chirrido de las ruedas sobre las vías, no solo con los oídos, sino con cada célula de su cuerpo exhausto. No era simplemente un conductor; era el guía de una inmensa criatura metálica, a la que conducía con cuidado a través de la interminable extensión de la taiga siberiana. Este mundo, congelado en un silencio níveo, le resultaba familiar, comprensible, predecible en su majestuosa dureza.
Pero en aquel día de enero, cuando el sol era apenas una pálida mancha amarilla contra el cielo lechoso, el universo parecía querer reescribir las reglas de su realidad. Ante él, en un tramo perfectamente recto donde los raíles perforaban el manto blanco del bosque como oscuros hilos, permanecían inmóviles. Ni un solo movimiento. Una masa gris de músculos, colmillos afilados y miradas penetrantes. Una manada de lobos. Artem parpadeó, creyendo que era un espejismo producto del cansancio y la monotonía del paisaje. Pero los fantasmas no respiran, y de su aliento escapaban volutas de vapor mezcladas con el aire helado.