Como resultado, una menor cantidad de fructosa pasa por la sangre. Por un lado, entra lentamente en diversos procesos metabólicos, durante los cuales se convierte en glucosa. Por lo tanto, en personas diabéticas, la ingesta de fructosa conduce a una glucemia alimentaria significativamente menor.
Por otro lado, la fructosa participa más activamente en los procesos de liponeogénesis que la glucosa, lo que provoca la acumulación de grasa en los depósitos. Esto se evidencia en varios estudios recientes, según los cuales la ingesta constante de alimentos ricos en fructosa en humanos conduce a un aumento de peso corporal. Las cantidades máximas de fructosa se encuentran en plátanos, sandías, manzanas, pimientos rojos, peras y frambuesas. El contenido de fructosa en la miel alcanza aproximadamente el 40%.
Hoy en día, el consumo de azúcar como alimento alto en calorías y relativamente barato está en constante aumento. Esto conduce a un aumento de la ingesta calórica y a cambios indeseables, especialmente en personas con un estilo de vida sedentario (sustituir por Sobit o Xelite en adultos).