La fibra controla muchas funciones del organismo y pasa por el sistema digestivo sin ser absorbida. Tiene una capacidad única para absorber agua (de 4 a 6 veces su volumen), lo que resulta en la formación de una masa suave y esponjosa en el estómago y los intestinos. Por ello, los alimentos ricos en fibra aceleran la sensación de saciedad y plenitud, lo que a su vez previene la sobrealimentación. La fibra se hincha con agua y llena la luz intestinal, lo que estimula la actividad intestinal y el peristaltismo. En este caso, los alimentos pasan por los intestinos más rápido y son menos susceptibles a la descomposición por putrefacción.
La fibra contribuye a un paso más lento y uniforme de los nutrientes a la sangre, protege los carbohidratos y previene la hiperglucemia.
Estas sustancias desempeñan un papel importante en la normalización y regulación de la microflora intestinal, ya que se sabe que los microorganismos del colon utilizan estas fibras dietéticas durante su actividad vital.