ekstrasens

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La cámara congelará ese segundo:
un cuerpo humano recibiendo los golpes para que otro, diminuto, roto, indefenso, no tuviera que hacerlo.

Duró solo unos instantes.

Pero esos momentos permanecerán para siempre.

Se llamaba Morgan Hayes, tenía 58 años.
Dieciocho años como mecánico de camiones.
Dieciocho años de motores rugientes, gases de diésel y carreteras interminables.

Hace seis años, el cáncer se llevó a su esposa. El dolor se llevó todo lo demás: su energía, su trabajo, su hogar, su propósito.

Se desvaneció lentamente de la vida que conocía.

Algunas noches dormía tras contenedores. Otras, bajo un puente. En las noches más frías, bajo el toldo de aquella tienda, acurrucado contra lo único que le quedaba: la soledad.

Un día, oyó un gemido bajo un viaducto.

Un perro pequeño, con las costillas asomando bajo su pelaje enmarañado, con una cuerda clavada tan profundamente en el cuello que le había cortado la piel. Lo habían abandonado. Lo habían golpeado.

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