
Serena Valente cruzó el gran salón de la finca Hawthorne, con su maleta rodando silenciosamente por el suelo de mármol. La casa era inmensa, un auténtico palacio con techos altísimos, lámparas de araña de cristal y pasillos que parecían extenderse hasta el infinito. Los inmaculados y extensos jardines enmarcaban las ventanas, pero el silencio interior era casi sofocante. Ni risas, ni pasos, solo una quietud inquietante. Su corazón latía con fuerza al pensar en Luca Hawthorne, el niño de cuatro años al que debía cuidar. Se decía que estaba gravemente enfermo, frágil como el cristal.
“Tú debes ser Serena”, dijo una voz. Alta, precisa, intimidante. Marcus Duvall, el mayordomo, permanecía de pie con las manos entrelazadas a la espalda. “Sigue mis instrucciones al pie de la letra. Cualquier desviación supondrá el despido inmediato”.