Dos semanas antes, una nueva ama de llaves había llegado a la mansión. Se llamaba Clara, una mujer discreta del campo, educada, humilde y envuelta en un halo de misterio. Arthur le prestó poca atención… hasta el día en que la encontró inmóvil ante el retrato.
“¿Pasa algo?”, preguntó.
Ella se giró, con los ojos llenos de lágrimas. “Señor, este chico vivió conmigo en el orfanato hasta los catorce años. Lo llamábamos Daniel”.
Arthur la miró fijamente. “¿Qué dijo?”.
Ella asintió, armándose de valor.
“A menudo hablaba de una casa con piano, un jardín… y un hermano mayor que lo llamaba ‘mi protector’. Nadie le creyó. Pero yo sí”.