FUTBOLIST

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Colgó el teléfono, se abrigó bien con el abrigo y esperó. No era una víctima temblando de frío; era una general aguardando sus armas.

En el salón, luminoso y confortable, reinaba un ambiente de celebración triunfal.

Kevin estaba recostado en el sillón de cuero favorito de su padre, con un vaso de whisky escocés de primera calidad en la mano. Frente a él, su esposa, Jessica, ya hojeaba muestras de pintura, apoyándolas contra las paredes.

—Odio este papel pintado —dijo Jessica, haciendo una mueca—. Huele a viejo. Tenemos que renovarlo todo. Espacio abierto.

Kevin soltó una risa fría—. Haz lo que quieras, cariño. Ahora es nuestro. Por fin.

—¿Estás seguro de que no volverá? —preguntó Jessica, haciendo una pausa—. ¿Y si tiene una llave?

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