

Había metido a mi esposa en el pequeño trastero que hacía las veces de armario, simplemente porque se había atrevido a contradecir a mi madre. Pero por la mañana, al girar el pomo de la puerta… ya no estaba. Y en ese preciso instante comprendí que había cruzado una línea sin retorno.
Estaba convencido de que jamás se atrevería a irse. Su familia vivía en Lyon, a más de 500 kilómetros, y en Nantes, donde vivíamos nosotros, no conocía a nadie más que a mí. Ni siquiera tenía pleno acceso a las cuentas de la casa. Con esa certeza, dormí a pierna suelta; mi madre, cómodamente instalada en la habitación de invitados contigua.
Mi madre, Madame Colette, siempre se había considerado una mujer sacrificada, una matriarca que lo había dado todo. Quería que mi esposa la obedeciera en todo. Pensé: