GNACK

GNACK

 

 

Mi madre, Madame Colette, siempre se vio a sí misma como una mujer sacrificada, una matriarca que lo había dado todo. Quería que mi esposa la obedeciera en todo. Pensé:

«Como hijo, tengo que cuidar de mis padres. Una esposa solo tiene que aguantarlo un poco… ¿qué tiene de malo?»

Marianne venía de otra región. Nos conocimos estudiando en Nantes. Cuando hablamos de matrimonio, mi madre se opuso desde el principio:

«La familia de esta chica vive demasiado lejos. Nos costará una fortuna cada vez que vayamos a visitarlos».

Marianne lloró, pero respondió con calma:

«No se preocupe. Seré su nuera y cuidaré de su familia. Solo iré a casa de mis padres una vez al año, si es necesario».

Estaba convencido de que jamás se atrevería a marcharse. Su familia vivía en Lyon, a más de 500 kilómetros. En Nantes, donde vivíamos, no conocía a nadie más que a mí. Ni siquiera tenía acceso a todas las cuentas de la casa. Con esa certeza, dormía a pierna suelta, mientras mi madre, instalada en la habitación de invitados contigua, roncaba plácidamente.

Posted Under