Cuando el taxi arrancó, su sonrisa se desvaneció. Martha tenía setenta y dos años. Acababa de pasar dos semanas en el hospital tras un leve infarto. Había llamado a su hijo, Kevin, tres veces para decirle que estaba lista para volver a casa. Pero él no contestó.
Se giró hacia la casa. Era una hermosa casa colonial de dos plantas que ella y su difunto esposo, Arthur, habían comprado hacía cuarenta años. Allí habían criado a Kevin, celebrado las Navidades y donde Arthur había fallecido hacía seis meses.
Martha subió pesadamente por el sendero, con las piernas temblando de debilidad. Buscó las llaves en el bolso. Introdujo la llave en la cerradura.
No giró.
Frunció el ceño e intentó moverla. Nada. Retrocedió un paso y examinó los pomos de latón. Eran nuevos. Brillantes, sin un rasguño, completamente ajenos a su llave.