
Los ojos de Harold reflejaban una mezcla de orgullo y tristeza.
«Siempre tendrás un hogar aquí».
En Washington D. C., Liam fue transformado: vestido, presentado, exhibido como el heredero perdido de los Brighton. Reuniones, fotografías, artículos… Pero cada noche, el lujo se sentía vacío. Extrañaba la cabaña, el crujido de las tablas del suelo, el calor del fuego, la risa de Elise, la voz suave de Harold.
Una tarde, al pasar por la oficina de Richard, oyó la voz gélida de Victoria:
«Servirá a nuestra causa un tiempo. Luego lo enviaremos al extranjero. La historia habrá seguido su curso».
Liam se quedó paralizado. No era un hijo. Era solo un símbolo, otra herramienta en su búsqueda de imagen e influencia.
Antes del amanecer, hizo las maletas, tomó una fotografía suya con Elise y Harold, y se escabulló.
Tras dos días de viaje entre la nieve y el silencio, llegó a Frostwood. Cuando Elise abrió la puerta, su asombro se convirtió en lágrimas.