
La voz de Victoria era gélida.
—Tenemos pruebas: análisis de ADN, documentos… Son nuestros.
En ese instante, Liam y Elise entraron, justo cuando oyeron las últimas palabras. Los ojos de Elise ardían.
—Nos abandonaste.
La voz de Liam, baja pero firme, resonó en el aire.
—Solo os protegisteis.
La confrontación hizo temblar las paredes de la pequeña cabaña. Los derechos legales y los expedientes pesaban poco frente a dieciocho años de ternura, trabajo y sacrificio.
Harold se interpuso entre ellos, con las manos temblorosas pero firmes.
—No son posesiones. Son mis hijos.
Victoria deslizó un expediente sobre la mesa.
—No eres su tutor legal. Merecen una vida mejor.
Los días siguientes transcurrieron en un silencio sepulcral. Liam vacilaba entre la lealtad y la curiosidad. La ciudad le prometía una educación prestigiosa, comodidad y un futuro seguro. Frostwood le ofrecía amor, calidez y a Harold, cuyos inviernos restantes quizá estuvieran contados.