
Grace intentó convencerse de que todo aquello era normal, que simplemente necesitaba tiempo, pero la inquietud persistía.
Pronto, empezó a notar detalles perturbadores: puertas cerradas con llave, pasillos prohibidos, una misteriosa ala este a la que nadie entraba jamás. El personal apartaba la mirada cuando hacía preguntas, y las respuestas de Andrew siempre eran evasivas.
Algunas noches, Grace creyó oír gritos ahogados provenientes del interior de la casa.
Una tarde, el insomnio y la curiosidad vencieron su miedo. Siguiendo un ruido tras las estanterías de la biblioteca, descubrió un panel oculto. Al abrirlo, reveló un estrecho pasadizo que conducía al ala este.
El aire olía a flores y a polvo. Al final del pasillo había una puerta cerrada con llave, y desde dentro se oyó una voz temblorosa.