


Desde niña, Grace Morgan soñaba con una boda perfecta. Por eso, cuando Andrew Collins, heredero de una de las familias más ricas de Boston, le propuso matrimonio tras solo unos meses de noviazgo, creyó que su cuento de hadas se había hecho realidad.
La ceremonia fue fastuosa: una catedral iluminada por brillantes candelabros, un cuarteto de cuerdas, invitados que murmuraban con admiración sobre la elegancia y la riqueza de Andrew. Pero tras su encantadora sonrisa, Grace percibió algo frío, algo distante.
Desde la primera noche que pasaron en su enorme mansión de Beacon Hill, la invadió una extraña sensación. Andrew era educado, incluso atento, pero mantenía las distancias. Dormía en otra habitación, mencionando reuniones que se alargaban y llamadas de negocios incesantes.