Dos semanas después, el agente Daniels participaba en un programa obligatorio de sensibilización sobre la diversidad, que él mismo debía impartir bajo la supervisión de Maya. Cada mañana se reunía con los vecinos, escuchaba sus historias de injusticia y se enfrentaba a su propia ignorancia.
Eleanor a veces asistía a las sesiones, sentada al fondo de la sala. Nunca volvió a hablar de aquel día, nunca mostró ira ni resentimiento; solo una calma insondable que lo hirió más profundamente que la menor reprimenda.
Entonces, poco a poco, algo cambió. Greg empezó a ser voluntario en centros juveniles, participando en proyectos que antes había despreciado. Cuando le preguntaron el motivo de este cambio de parecer, simplemente respondió:
«Porque el silencio es casi tan malo como la crueldad».
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Meses después, en una ceremonia en honor a las reformas comunitarias, Eleanor se le acercó.
«Agente Daniels», le preguntó con dulzura, «¿sigue creyendo que la gente como yo no pertenece aquí?».