

De vuelta en su ático esa noche, Andrew contempló las luces de la ciudad y se dio cuenta de algo: Harper era el alma del restaurante, y Rick estaba destruyendo su esencia. Cogió el teléfono y llamó a su asistente. «David, tráeme un uniforme adecuado. Voy a estar aquí un tiempo».
A la mañana siguiente, regresó al bistró. Harper lo saludó con su sonrisa habitual. «¿Listo para otro día en el paraíso?», bromeó. Andrew esbozó una leve sonrisa, sin saber que su decisión de vivir como Jack Price cambiaría sus vidas para siempre.
Pasaron las semanas, y Andrew se acostumbró a esta vida artificial. Se adaptó al ritmo de la cocina, al caos del servicio de almuerzo y a las largas jornadas laborales. Harper se convirtió en su aliada más cercana. Le confió sus sueños: abrir algún día un pequeño y acogedor restaurante donde todos se sintieran como en casa. «Pero los sueños son caros», suspiró. «Y las camareras no ganan lo suficiente».
Andrew admiraba su determinación. Cada vez que Rick gritaba, Harper se mantenía firme. Mientras otros se daban por vencidos, ella seguía sonriendo. Una noche, después de la hora de cierre, Andrew la encontró sentada sola, anotando ideas para el menú en una libreta. —¿Qué es esto? —preguntó. Ella rápidamente escondió la libreta. —Solo ideas… para después.