еханак

еханак

Tomé su mano y con delicadeza recorrí con la mirada las marcas de sus cicatrices.

—¿Quién te hizo esto? —pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Su marido. Aquel con quien se casó a los diecisiete. Durante casi cuarenta años, a puerta cerrada, había soportado palizas, insultos, noches de terror. Nadie sabía nada: ni sus hijos, ni sus vecinos. Soportó su sufrimiento en silencio, fingiendo un matrimonio feliz, porque eso era lo que el mundo esperaba de ella.

Y ahora, en el umbral de una nueva vida, la verdad yacía allí, grabada en su propia piel.

Una rabia sorda me invadió, mezclada con impotencia. ¿Por qué no había estado allí? ¿Por qué el destino me la había arrebatado, dejándola tan herida?

Quería gritar, llorar. Pero solo hice una cosa: la abracé.

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