
Esa mañana, cuando las puertas automáticas se abrieron de repente, la escena heló la sangre de todos.
Una niña, de apenas siete años, empujaba una carretilla vieja y oxidada. Dentro, envueltos en una manta fina, dos bebés recién nacidos respiraban débilmente.
> *Imagen solo con fines ilustrativos*
Tenía el pelo pegado a la frente y la ropa hecha jirones. Su voz temblaba.
«Por favor… Mamá lleva tres días dormida. Necesito ayuda».
Un pesado silencio se apoderó de la habitación, antes de que todo cobrara vida de repente: médicos corriendo hacia ella, enfermeras alzando a los bebés, una camilla apareciendo como por arte de magia.
La niña, exhausta, se desplomó sobre el suelo de baldosas y perdió el conocimiento.