

Tomó una palanca del porche y arrancó el candado de un tirón. La puerta crujió, dejando escapar una bocanada de aire húmedo. Dentro, acurrucada bajo una manta fina, Lila lo miraba fijamente; sus mejillas hundidas, sus ojos desorbitados por el miedo, aferrada a un osito de peluche hecho jirones.
Ethan cayó de rodillas y la abrazó con fuerza.
—Dios mío, ¿qué ha pasado? —Sollozó ella en sus brazos—.
—Mamá dijo… que no podía salir… mientras siguieras llamando.
Todo empezó a dar vueltas. Quince meses de ausencia, las cartas de Marissa que de repente habían dejado de llegar, el silencio, la extrañeza… La verdad lo golpeó con fuerza: algo terrible había sucedido allí, y su hija había vivido en ese cobertizo.