


Cuando el taxi se detuvo frente al buzón que aún conservaba su nombre, el aire húmedo olía a pino y lluvia. Ethan sonrió al imaginar a Lila irrumpiendo en el porche, riendo a carcajadas y arrojándose a sus brazos.
Pero nadie vino. La luz del porche estaba apagada, las cortinas corridas. Llamó una vez, luego dos.
—¿Marissa? —Silencio. Solo el tintineo de un carillón de viento respondió a su llamada.
Dentro, todo parecía en orden, pero una extraña frialdad flotaba en el aire: ni fotos en las paredes, ni juguetes en el suelo. Sobre la mesa de la cocina, una taza de café a medio beber y una pila de cartas sin abrir: las suyas, devueltas al remitente.
Un nudo frío se le formó en el pecho. Caminó por el pasillo hasta la habitación de Lila. La cama estaba pulcramente hecha, las paredes desnudas, marcadas solo por los restos descoloridos de carteles arrancados.