Una tarde lluviosa, la calma se rompió de repente. La puerta se abrió de golpe: Rachel estaba allí, empapada, con el rostro inexpresivo, sus tacones resonando en las baldosas.
—Así que aquí te escondes —espetó con voz gélida—. ¿De verdad crees que este bebé lo va a traer de vuelta? Ya no te quiere.
El corazón de Mara se aceleró. —No deberías estar aquí —susurró.
Rachel dio unos pasos al frente. —Te aferras a una ilusión. Henry quiere ser libre.
—Vete de aquí —dijo Mara con voz temblorosa, llevándose una mano protectora al vientre.
Rachel ignoró la advertencia, se acercó y le agarró la muñeca. —Ahora es mío.