
A Elena se le encogió el corazón.
Durante años, había imaginado este momento, a veces con esperanza, a veces con rabia.
Pero ante la sinceridad de aquel hombre, algo en su interior comenzó a ablandarse.
Adrián se dirigió a los aldeanos.
«Esta mujer crió sola a mi hijo. Hizo lo que yo debería haber hecho. Deberían estar orgullosos de ella».
Un pesado silencio se apoderó del lugar. Quienes la habían juzgado bajaron la mirada.
Esa noche, Adrián invitó a Elena y a Jamie a cenar en un hotel cercano.
Por primera vez, Jamie subió a un coche de lujo, con el rostro pegado a la ventanilla, maravillado por las luces de la ciudad.
A su lado, Elena permaneció en silencio, con el corazón palpitante.