Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—No pertenezco a tu mundo —dijo él.
Ella extendió los brazos—. Tú eres mi mundo. Siempre lo has sido.
Entonces, temblando, dio un paso al frente. Y, por primera vez en siete años, ella finalmente lo abrazó.
Meses después, la historia había desaparecido de los periódicos, pero la vida de Victoria jamás volvería a ser la misma.
Fundó *La Maison des Lanternes*, un refugio para niños perdidos en toda Francia.
El día de la inauguración, Mathieu estaba a su lado, con la mirada serena.
—A veces —dijo en voz baja a la multitud—, creemos haberlo perdido todo… pero quizá sea el mundo el que nos muestra dónde reside realmente nuestro corazón.
Los aplausos resonaron, suaves como una lluvia de verano.
Esa noche, al darles las buenas noches con un beso, Victoria susurró:
—Ustedes son quienes me devolvieron la vida.
Afuera, la ciudad resplandecía: miles de luces sobre el Sena, como faroles que flotaban en la noche, una promesa de que, incluso después de años de pérdida, el amor siempre encuentra el camino de regreso.