El cielo nocturno de Manhattan se tiñó de naranja, en llamas por el incendio que devoraba los pisos superiores de un lujoso edificio de la Quinta Avenida. Las sirenas aullaban, la policía contenía a la multitud y los bomberos, con los rostros ennegrecidos por el hollín, gritaban por sus radios. Pero todas las miradas permanecían fijas en una ventana del duodécimo piso, donde un niño estaba atrapado.
Se llamaba Ethan Whitmore, el único hijo del multimillonario Richard Whitmore. Su pálido rostro estaba pegado al cristal, sus labios temblorosos jadeaban en busca de aire entre una nube de humo, mientras las llamas danzaban tras él. Abajo, su padre acababa de llegar, saltando de una camioneta negra, aún vestido con un impecable traje. Gritaba órdenes, prometía cheques en blanco y exigía que salvaran a su hijo. Pero ningún dinero podía frenar la furia del fuego.